ANTÓN PULIDO: AMIGO Y MAESTRO.
Homenaje a Antón Pulido
Hace años, cuando a nuestro Antón se le hizo un evento relacionado con su nombramiento como Director General de la Xunta de Galicia, conté que la primera vez que oí el nombre de Antón había sido en Ferrol, donde viví mi niñez y adolescencia. Jugábamos a un pasatiempo conocido: «Antón, Antón Pirulero cada cual que atienda a su juego, y el que no lo tenga pagará una prenda».
Posteriormente, muchos años más tarde, asistí a otro acontecimiento. Llamé telefónicamente a casa de un entrañable amigo y pregunté por Antón. Su hijo me respondió que su padre se llamaba Antonio y que el único Antón de casa era él. ¡Que no venga mi padre a presumir del nombre de Antón! Él es Antonio, yo soy Antón.
Con estos antecedentes, me encontré al llegar a Vigo, con Antón Pulido. Hombre polifacético, magnífico pintor provisto de un inconfundible estilo privado y diferenciador. Promotor de libros de pintura magistralmente editados, capaz de cantar gregoriano, gallego, italiano, ruso y hasta en arameo si fuese necesario, y todo eso muy bien, por cierto.
Para comprender la personalidad de Antón Pulido tenemos que centrarnos en las características vocacionales inherentes a su persona. Existen, a mi modo de ver, fundamentalmente tres tendencias o direcciones vocacionales: una definida en función de una vocación neta, no coyuntural, otra en razón de las enseñanzas recibidas en la adolescencia, esto es, inducida. Y una última circunstancial, descubierta de una forma un tanto fortuita, cuando las circunstancias de la vida la impulsan.
Con todo, creemos que nuestro amigo Antón Pulido no encaja dentro de las tres inclinaciones citadas anteriormente. Él tenía unha vocación pictórica que estaba aletargada. Estaba y siempre estuvo así. Era una vocación, una inclinación, como una fibra tangible que despierta cuando las circunstancias, tiempo y lugar son condicionantes catalizadores de ese proceso. Su vocación pictórica estaba ya en su ser, sin que eso le impidiese llevar a cabo otras actividades (el canto, entre otras).
Como pintor, utilizó la técnica de que, por muy complejo que sea un problema, lo primeiro que hay que hacer es simplificarlo porque en el arte hay que estudar una variable de cada vez. No se pueden estudiar varias variables al mismo tiempo, porque entonces no sabríamos cuál es la responsable del efecto. El problema consiste en saber por qué hay unas que funcionan de una determinada forma e interpretar cómo funciona todo el sistema pictórico. Esto lo sabía bien nuestro amigo Antón.
A lo largo de su vida fue siempre Maestro. Maestro porque supo hacer de la enseñanza una búsqueda de la verdad a través de su experiencia y reflexión, infundiendo entusiasmo a sus discípulos por lo que enseñaba. Y demostrando además que era una persona de futuro, no de pasado. Todo lo que hizo estuvo en favor del porvenir, consiguiéndolo con esfuerzo y constancia.
En su aspecto humano, destacó por ser una persona firme en sus convicciones, que actuaba sin dobleces. Hablaba directamente al interlocutor. Respetaba las opiniones de sus interlocutores, esto es, noble por naturaleza y comportamiento. Su trayectoria humana se pone de manifiesto en el aforismo «Los hombres que triunfan en la vida profesional son aquellos que corren el riesgo de mantener sus propias convicciones».
Para él, la felicidad consistía principalmente en querer ser lo que se es. Estar contento con uno mismo y comprobar que hay una buena relación entre lo que se desea y lo que se ha conseguido. Pues, nuestra vida creativa es rica en acontecimientos si hay ilusión, y él siempre la tuvo.
Nuestro amigo Antón Pulido fue un personaje de palpitante actualidad y quizás nunca dejó de serlo. Su vida fue un eslabón para entender algunos de los pasajes inherentes a la historia reciente de Vigo.
Entrañable en la conversación, participaba con los comensales en todo tipo de temas. Estaba al día de los problemas sociales del momento. Era gallego por naturaleza y cuna, y europeo por cultura. Su actividad pública la ejercía con prudencia, que es la ciencia por la cual discernimos lo que es bueno para el espíritu y lo que no lo es. Es la ciencia de las ciencias, pues nos enseña el valor, el uso verdadero, los peligros y sus utilidades.
Hoy en día, la técnica nos hizo perezosos. Todo o que sucede hoy se conoce y difunde al momento. Así pues, es demasiada la información que recibimos diariamente y necesitamos filtrarla. Muchos no disponen del tiempo suficiente para eso y, por tanto, se reflexiona menos. Antón Pulido fue una excepción. Era capaz de discernir entre lo importante y lo accesorio, priorizando la jerarquía de los temas que requieren reflexión.
No querría concluir esta sencilla descripción sin recurrir a un aspecto inherente a su persona: el canto. En las fiestas de los tangos, en el mes de junio, en una cena en recuerdo a Carlos Gardel se interpretaban canciones. ¿Qué creen que cantó D. Antón? Pues «Caminito» en versión gallega, algo gregoriana, pero con el sentimiento que Gardel le imprimió en castellano. ¿Y qué hicieron los cien comensales que estábamos en el evento? Seguirlo. Así pues, se cantó «Caminito» bajo su dirección. La dirección era el orden, y el centenar de voces el desorden, pero Antón consiguió la máxima avenencia entre director y coro, pues la vida es un equilibrio permanente entre el orden y el desorden. Si todo estuviese regido por el orden, todo sería sólido (estructura ordenada) y, si por el contrario, predominase el desorden, todo sería gas. Pero, como es bien sabido, en la Tierra predomina el estado líquido.
La vida de Antón Pulido fue la búsqueda de la máxima avenencia entre el orden y el desorden. ¡Siempre en armonía! ¡Qué difícil conseguirlo!
Estudió para clérigo. No llegó a terminar. Podría ser cardenal. Pero nosotros lo preferimos como era, recordando que hay cuatro cosas viejas que son indispensables: vieja madera para calentar, viejos vinos para beber, viejos libros para leer y viejos amigos, y en este caso, entrañables como Antón, para conversar.
A modo de epílogo, concluyo que antes de redactar este escrito me autoaconsejé hablar desde el corazón. Es decir, que fuese yo mismo, pues cuando se toma una decisión, se debe hacer con la obligación moral, irrenunciable, de decir lo que se piensa y siente. Eso es lo que hice, descubriendo a un amigo de quien aprendí que las dificultades están hechas para estimular y no para restar ánimos, y que lo urgente no deja tiempo para lo importante.
Luis Espada Recarey
Primer Rector y catedrático emérito de la Universidade de Vigo